Mayordomía de la Creación: Paz con el Creador
Scott Lyons
4/27/2012
A menudo malinterpretamos la justicia debido a cómo la limitamos. La vemos como un castigo para crímenes cometidos en lugar de ver lo amplia que es. La vemos como si fuera algo opuesto a la misericordia de Dios. En las Escrituras, a menudo, la justicia de Dios no tiene esta connotación, sino esta otra: equidad, libertad de la opresión, la cercanía de Dios a los de corazón destrozado —la viuda, el huérfano y los marginados. Tome la canción de alabanza de María, el Magníficat, como ejemplo: allí, ella canta sobre la justicia de Dios como una manifestación de su misericordia. La exaltación de los humildes, la humildad de los orgullosos. Llena del Espíritu de Dios, ella canta acerca de llenar al hambriento y despedir a los ricos. El Magníficat es una canción sobre la justicia de Dios, y si queremos descubrir lo que es la justicia, es allí donde debemos dirigirnos con el fin de aprender sobre ésta. Pero nosotros limitamos y moralizamos la justicia, quitándonos la responsabilidad de vivir con justicia. «Tenemos moral y somos buenos», decimos, y orgullosamente condenamos al pecador por sus pecados. Pero la justicia de Dios resuena en nuestra contra en las Escrituras, porque aunque no hemos entrado a la fuerza en el hogar de alguien y tomado sus posesiones, ¡aun así les hemos robado! La justicia de Dios se opone a los orgullosos y a los ricos, príncipes y tiranos. Si no hubieran indefensos o pobres, entonces los poderosos y los ricos no serían condenados. Porque no hay nada malo en que la gente use su ingenio y talento para tener éxito en la adquisición de posesiones materiales, esto es algo bueno. Pero puede convertirse rápidamente en perversidad cuando nos ocupamos solamente de edificar graneros más grandes, considerándonos la fuente de toda nuestra riqueza que va mucho más allá de satisfacer las necesidades de nuestra familia.
La justicia condena el consumismo de los ricos cuando los pobres sufren. Y aún más, culpa al consumismo de los ricos por la situación de los pobres. El hombre rico que ignoró a Lázaro a su puerta, ese es nuestro pecado. La justicia se despliega en nuestra contra. Ahora, si uno ama a los pobres, entonces debe hacer todo lo que puede para ser mayordomo de los recursos de los que todos dependemos; son un regalo de Dios para todos, no sólo para unos pocos. Y Cristo viene, como uno de los pobres, llamándonos a hacerlo por los más insignificantes de sus hermanos y hermanas (y está mal que nosotros limitemos a estos a solo algunosotros cristianos). Por consiguiente, cuando destruimos los recursos que necesitan los pobres, agua y tierra de cultivo, o los aislamos de ellas, entonces hemos ofendido la ley de amor de Dios, hemos ofendido la justicia de Dios.
Si destruimos la belleza de la creación, entonces también somos iconoclastas, destruimos la imagen de Dios, la revelación natural de Dios en el mundo creado. Contaminamos nuestra comprensión del poder y del amor de Dios porque la creación nos muestra a Dios. Y la ballena nos muestra algo de Dios que las estrellas no hacen. Y las estrellas nos muestran algo de Dios que los árboles no hacen. Todas las cosas creadas nos muestran algo de Dios, son epifanías de su presencia y de su gracia y de su ser. Así que cuando hablo de injusticia contra los pobres, es fácil comprender la relación que tiene esta injusticia con nuestra mayordomía de la creación, especialmente cuando impacta a los pobres. A menudo, tenemos abundancia, y por consiguiente, ellos no tienen (aunque aquí hay complejidades debido a los tiranos y a otras tiranías, un llamado a cada uno de nosotros hacia la conversión). A menudo, nuestro mal uso de los recursos le roba esos mismos recursos a quienes los necesitan. Recursos que, una vez usados, ya no pueden ser usados por nadie. Y ciertamente, nuestro mal uso de la creación también es un robo intergeneracional, porque les robamos a nuestros hijos. De esta manera y de otras muchas, muchas más, nuestra mayordomía de la creación, o la falta de ella, es la hermana de la injusticia contra el pobre, directa e indirectamente.
No podemos tener paz con el Creador mientras permanezcamos sin reconciliarnos con la creación. Si no le podemos dar a la creación la dignidad apropiada, entonces no podemos darle a la gente la suya. Y lo opuesto también es verdad, quizás hasta de manera más fundamental. Jesús nos ha dado una nueva ley, una ley de amor. No podemos amar a Dios y desatender a los pobres. Y no podemos amar a nuestro prójimo cuando evitamos mirar su sufrimiento. No podemos amar al prójimo que no tiene voz y contaminar sus pozos o arruinar sus tierras. No podemos amar a nuestro prójimos, usando los recursos de la tierra —el regalo de Dios, común para todos— para estar cómodos y contentos, y no dejar nada para ellos.