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Oración: Ocúpese de sus propios asuntos
Scott Lyons
5/26/2013

La tercera parábola que da Jesús sobre la oración es la del fariseo y el cobrador de impuestos. La mayoría de nosotros estamos familiarizados con la historia: un fariseo y un cobrador de impuestos están orando en el templo. El fariseo le da gracias a Dios porque no es un pecador como todos los demás, especialmente, no como ese cobrador de impuestos. Y el cobrador de impuestos está parado a la distancia, sin atreverse siquiera a levantar la mirada al cielo, y golpea su pecho en señal de dolor diciendo: «Oh, Dios, ten compasión de mí, porque soy un pecador» (Lucas 18:9-14, NTV). La parábola trata sobre ser justificado delante de Dios, ser perdonado y recibir misericordia. Significa estar reconciliado con Dios y anhelarlo. Nos dice que es mejor ser un pecador y ser humilde que ser justo y orgulloso.

Algunos de nosotros necesitamos un poco de pecado en nuestra vida, somos demasiado buenos para ser humildes. Vamos por ahí impresionados por las faltas de los otros, especialmente de nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Condenamos fácil y regularmente a los otros como cuando hablamos del clima. Todo el tiempo perdemos de vista que nosotros mismos somos grandes pecadores. ¿Qué tendrá que suceder para que sintamos nuestro orgullo sacudido, para que abramos nuestros ojos al pecado de nuestra hipocresía, autosuficiencia moral y santurronería, para que abramos nuestros ojos a la dureza absoluta de nuestro corazón?

Por lo tanto, esta parábola descansa en el centro de nuestra fe. Estas parábolas sobre misericordia y perdón son de lo que se trata nuestra fe. A menudo pasamos por alto estas parábolas, leyéndolas rápidamente y marcando el casillero de «Le pedí a Dios que me perdone» o «Le pedí a Jesús que entrara en mi corazón», y seguimos adelante. ¿Qué tiene que ver con nosotros este tipo de parábolas? Y así nos ponemos el manto del fariseo. Miramos a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros amigos y familiares, y pensamos para nosotros mismos que ellos necesitan desesperadamente a Jesús. (Es verdad, por supuesto, pero primero lo necesito yo). Le damos gracias a Dios porque no somos como el resto del mundo; le damos gracias porque no somos como el divorciado, el pornógrafo o el desamparado de la esquina. Hablamos sobre cómo está arruinando su vida nuestra sobrina y de cómo nuestro hermano está tomando decisiones tan malas. Y pensamos sobre las cosas buenas que hacemos, aferrándonos a ellas. Leemos esta parábola y, como el fariseo, no le pedimos nada a Dios, pensando que no necesitamos nada de él que no hayamos recibido ya. Fallando al no comprender nuestra necesidad, nos exaltamos ante Dios. Quizás nuestra lista sea diferente a la del fariseo. Hablamos de que hemos invitado a Jesús a entrar en nuestro corazón, que vamos a la iglesia cuando las puertas están abiertas, que nuestro diezmo es 12% y que cantamos en el coro. Quizás lideramos un estudio bíblico. Llevamos nuestra Biblia a la iglesia y nunca hemos engañado a nuestro cónyuge. Pero ¿qué desea Dios cuando estamos delante de él? «Oh, Dios, ten compasión de mí, porque soy un pecador». Este clamor no comprende pobremente la misericordia y el perdón de Dios (así como: «¿Por qué estás orando eso otra vez? ¿No confías en que Dios ya te perdonó?»), sino que comprende correctamente nuestra posición delante de él. Es la humildad que clama por Dios, que quiere que Dios siempre esté cerca, que está desesperada por Dios como un ciervo que jadea por agua. No se desvanece después de que encontramos a Cristo por primera vez. No disminuye después de que hemos confesado nuestros pecados. Mientras progresamos en santidad, en nuestro amor por Dios y por los otros, crecemos en nuestro entendimiento de nuestra falta de mérito, de nuestra pequeñez, de nuestra humildad.  Y no solo a la luz de la majestad de Dios, sino en su presencia en mi prójimo. Lo servimos cuando lavamos los pies de nuestro prójimo. Lo honramos cuando nos ponemos a la disposición de otros.

Jesús dice: «No juzguen» (Mateo 7:1, NTV). Pablo les escribe a los tesalonicenses de que debemos ocuparnos de nuestros propios asuntos (1 Tesalonicenses 4:11). Estos versículos se usan a menudo en contra nuestra cuando hablamos en nuestra sociedad, así que en ocasiones nos duelen. Y sin embargo, estas Escrituras son algunas de las más importantes para nosotros. Verá, no debemos preocuparnos por los pecados de los otros, juzgándolos. Debemos preocuparnos por nuestros pecados, juzgándolos mientras disculpamos a nuestro hermano. El amor cubre multitud de pecados. No los ve. Los cubre para que Dios pudiera cubrir los míos. El pecado de mi hermano no es motivo para habladurías sino una ocasión para orar a Dios que tenga misericordia de mí. De la misma manera, la frase «ocúpense de sus propios asuntos» nos parece presuntuosa. Pero su significado es pertinente para nosotros como cristianos: Ocúpense de sus propios asuntos en lugar de hacerlo por los asuntos de su prójimo. Esto no significa que deberíamos dejar de ser evangélicos o que deberíamos pensar que está bien que la gente peque. Significa, simplemente, que usted es un pecador. Y el pecado de su hermana no es carnaza de conversación. Clame humildemente por misericordia mientras demuestra misericordia. El Señor sabe, hermanos y hermanas, que es la única manera que nos ha dado para recibirla.

"De todo corazón recomiendo la Nueva Traducción Viviente porque transmite las ideas de la Biblia de una manera sencilla y clara."

Luis Palau

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