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Ayuno: Comparte tu comida con el hambriento
Scott Lyons
5/22/2013

Isaías 58 dice que debemos practicar los actos de religión (caridad, ayuno y oración) debido a nuestro amor por Dios y por el prójimo. Y estos actos deben estar dirigidos a Dios en lugar de al reconocimiento de la gente. El pasaje es, esencialmente, un anticipo del Evangelio: la gracia del Espíritu Santo derramada sobre nosotros debido a nuestra fe en Cristo y expresada por medio del amor (Gálatas 5:6). Es la religión pura y verdadera de ocuparse de los huérfanos y de las viudas (Santiago 1:27). Es esto, dice Dios. Haz esto, sé así, y serás luz como Yo soy la Luz. Usted recibirá sanación y misericordia porque usted la ha dado. Cristo nos ha enseñado cómo vivir, a entregar humildemente nuestra vida por el bien de otros.

¿Provoca esto algo en usted? ¿Demanda algún cambio en cómo vive la vida que se le ha dado? ¿Está todo en orden en su vida? ¿Qué más en usted debe asemejarse a Cristo? ¿Qué es mejor que esta vida que servir a las necesidades de otros? ¿Qué es más hermoso? Entréguese. Derrame su vida. Haga que su vida sea ligera y verdadera. Considere la vida de la Madre Teresa. ¿Lo inspira?

A menudo vivimos de manera extraña en Estados Unidos, desajustados, fuera de contacto con el hombre pobre que está ante nuestra puerta. No es suficiente llegar al final de nuestra vida y tener una buena pensión o un buen plan de jubilación, es decir, poder vivir confortablemente hasta el fin de nuestros días. Necesitamos un poco de lucha en nosotros, ese antiguo deseo de morir en la batalla porque ese tipo de muerte era noble y bueno. Eso es algo de lo que más necesitamos en nuestras iglesias en Estados Unidos: Despreciar morir en nuestro sueño o conformarnos con la muerte. Necesitamos ser más como esos padres tempranos de la fe que anhelaban el martirio con el fin de unirse mejor con la pasión y muerte de Cristo. Así como Annie Dillard habla sobre la escritura, así necesitamos nosotros pensar en nuestras vidas en Cristo: «Una de las pocas cosas que sé sobre la escritura es esta: gástalo todo, dispáralo a bocajarro, piérdelo sobre la marcha, una y todas las veces que sea preciso. No conserves lo que parece provechoso para más adelante, para otra fase del libro: dalo, dalo todo, dalo ahora» (Annie Dillard, The Writing Life [Vivir, escribir]). Este auto abandono es la vida en Cristo.

Estar «en Cristo» es algo por lo que vale la pena vivir y morir. Y examino mi vida y quiero agitar las aguas, alimentar a los hambrientos y ponerme a mí mismo al servicio de los que están en apuros (Isaías 58:10). Morir, por así decirlo, una muerte noble en la batalla. Y sin embargo, aquí estoy: tengo una esposa e  hijos. ¿Cómo me entrego? ¿Cómo podría hacerlo usted? Nuestras vidas no son historias con puntos culminantes, rara vez lo son. Están llenas de altibajos, alegrías y  tristezas comunes y corrientes para el hombre. Sus trayectorias no se edifican como lo hace la ficción. Se parecen más a la regularidad del punto verde que salta en el monitor cardíaco. O al registro escrito de una mujer en trabajo de parto, dando a luz a Cristo. Somos llamados a lo extraordinario cuando somos llamados a Cristo, pero es a lo extraordinario de la humildad, de hacer pequeñas cosas con amor.

No muchos de nosotros moriremos en batallas ni seremos mártires. Somos llamados a vidas comunes y corrientes, y a muertes diarias. Estar en Cristo es un llamado a vivir y a amar en comunidad: «Una comunidad se está creando solamente cuando sus miembros aceptan que no van a lograr grandes cosas, que no van a ser héroes, sino que van a vivir cada día simplemente con nueva esperanza, como niños, maravillados al levantarse el sol y en agradecimiento cuando se oculta. La comunidad solamente está siendo creada cuando ha reconocido que la grandeza del hombre es aceptar su insignificancia, su condición humana y su tierra, y le da gracias a  Dios por haber puesto en un cuerpo finito las semillas de la eternidad que son visibles en gestos pequeños y diarios de amor y perdón. La belleza del hombre está en su fidelidad hacia lo maravilloso de cada día» (Jean Vanier, Community and Growth [Comunidad y Crecimiento]). Esta es nuestra vida en Cristo, derramándonos por nuestras esposas y nuestros hijos, y por los pobres. Es amar a nuestro prójimo y ocuparnos de nuestro jardín. Es convertirnos en nada con el fin de que Cristo pueda ser todo.

Comparte tu comida con el hambriento. Este es el ayuno al que Dios nos llama.

«Cuando las personas se aman la unas a la otras, están contentas con muy poco. Cuando tenemos luz y alegría en nuestro corazón no necesitamos riqueza material. Las comunidades más amorosas son, a menudo, las más pobres. Si nuestra propia vida es lujosa y derrochadora, no podemos acercarnos a la gente pobre. Si amamos a la gente, queremos identificarnos con ellos y compartir con ellos» (Vanier).

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Luis Palau

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