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Pobreza: nutrir a Cristo
Scott Lyons
6/7/2010

Hermanos y hermanas: la pobreza es una bendición. Nos es dada, u ofrecida, para rescatarnos de nosotros mismos; para fijar nuestros ojos, corazones y manos en Dios y en nuestro prójimo. Ahora, la pobreza no es una virtud, pero cuando un hombre o una mujer virtuosa conocen la pobreza, esta se convierte en una fuente de gracia. Ni la riqueza ni la pobreza lo hacen a uno rico o pobre. Es lo que uno hace con su riqueza o pobreza lo que enriquece o empobrece. Cuando somos ricos, elegimos la pobreza por amor a nuestro prójimo y porque es nuestra salvación; la pobreza y la limosna nos rescatan de los engaños y deseos. Como dice Juan Crisóstomo: “Dar limosna es la madre del amor.”

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro dice: “Moisés dijo: ‘El Señor, Dios de ustedes, les levantará un Profeta como yo de entre su propio pueblo. Escuchen con atención todo lo que él les diga’” (Hechos 3:22, NTV). Y como Moisés le hablaba a los israelitas sobre bendiciones y maldiciones (Deuteronomio 30:19-20, NTV), así también Jesús, en el Sermón del Valle, se dirige a sus discípulos diciendo: “Dios los bendice a ustedes, que son pobres, porque el reino de Dios les pertenece. Dios los bendice a ustedes, que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dios los bendice a ustedes, que ahora lloran, porque a su debido tiempo reirán. . . . Qué aflicción les espera a ustedes, los que son ricos, porque su única felicidad es aquí y ahora. Qué aflicción les espera a ustedes, los que ahora están gordos y prósperos, porque tienen un horrible tiempo de hambre por delante. Qué aflicción les espera a ustedes, los que ahora se ríen, porque su risa se convertirá en luto y dolor” (Lucas 6:20-21, 24-25, NTV). ¿Describe Cristo a la riqueza en términos positivos alguna vez? Nos dice lo difícil que es para un rico entrar en el Reino de Dios y que no podemos servir a Dios y al dinero; dice que la aflicción le espera a los ricos y comenta sobre el engaño asfixiante de las riquezas; dice que si usted quiere ser perfecto, vaya, venda todo lo que tiene y después sígalo. Él no tenía riqueza. No tenía hogar. Se hizo pobre para que podamos ser ricos; esta no es la economía de Wall Street, sino la economía de Dios, para que podamos ser reconciliados con él y participemos en su vida.

Vayamos un poco más allá. María, la madre de Jesús, canta: “Al hambriento [Dios] llenó de cosas buenas y a los ricos despidió con las manos vacías” (Lucas 1:53, NTV). En el Salmo 112, el salmista dice que bendita es la persona que teme al Señor, que da generosamente a los necesitados, que reparte sus bienes entre los pobres. El Salmo 112 está relacionado con el Salmo 111, que describe al Señor, mientras que el Salmo 112 describe al justo. En estos dos Salmos acrósticos, las descripciones son paralelas y, algunas, idénticas. El justo se asemeja, llega a ser como Dios. El hombre que teme a Dios da a los pobres, y su justicia permanece para siempre.

Considere la historia de Jesús del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31, NTV). Ahora, no es la riqueza la que condena al rico ni la pobreza la que salva a Lázaro, sino la manera en que responde cada uno a lo que se le dio.  Juan Crisóstomo, en su sermón sobre esta parábola, dice lo siguiente: “La riqueza será buena para su poseedor si no la gasta solamente en lujos, o en bebidas alcohólicas o placeres dañinos; si disfruta del lujo con moderación y el resto va a parar al estómago de los pobres, entonces la riqueza es algo bueno. Pero si se da a sí mismo al lujo y al libertinaje, no sólo no lo ayuda, sino que hasta lo lleva al infierno. Eso es lo que le sucedió a este rico.”

La riqueza no nos pertenece, no importa cómo se la adquirió; Dios la ha dado. Deberíamos usar lo que es suficiente para nuestras vidas y después dar el resto a los pobres, a quienes pertenece. Por lo tanto Juan Crisóstomo dice: “Si usted no puede recordarlo todo, en su lugar, le suplico que recuerde esto sin falta, que no compartir nuestra propia riqueza con los pobres es robarles y privarlos de su medio de vida. No poseemos nuestra propia riqueza sino la de ellos. Si tenemos esta actitud, ciertamente ofreceremos nuestro dinero. Y al nutrir a Cristo en pobreza aquí, almacenando grandes ganancias en la otra vida, podremos alcanzar las buenas cosas venideras, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria, el honor y el poder junto al Padre y al Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.”

"De todo corazón recomiendo la Nueva Traducción Viviente porque transmite las ideas de la Biblia de una manera sencilla y clara."

Luis Palau

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