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Cuando hablamos de formación espiritual, ¿qué decimos que se está formando? Realmente estamos hablando de una reformación. Así que para responder a nuestra pregunta, necesitamos regresar a la manera en que fueron creados los seres humanos originalmente.

Cuando Dios comenzó a crear a los seres humanos, dijo: «Hagamos a los seres humanos* a nuestra imagen, para que sean como nosotros. Ellos reinarán sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, todos los animales salvajes de la tierra y los animales pequeños que corren por el suelo». (Génesis 1:26). Él hizo que Adán y Eva reflejaran su propio carácter. Ellos vivían en una relación afectuosa con Dios, entre sí y con el mundo que los rodeaba. Podían pensar y crear. Tenían la capacidad de gobernar la tierra. Sin embargo, cuando esos primeros seres humanos pecaron, esas cualidades quedaron dañadas y permanecen dañadas en nosotros. La imagen de Dios quedó arruinada por el pecado.

Hay una sola manera de regresar. Dios tiene que crearnos otra vez a su imagen. Él lo hace al transformarnos para asemejarnos a Cristo. Romanos 8:29 dice: "Pues Dios conoció a los suyos de antemano y los eligió para que llegaran a ser como su Hijo, a fin de que su Hijo fuera el hijo mayor de muchos hermanos". Ya que Cristo mismo es Dios, ser conformado a la imagen de Cristo significa ser restaurado totalmente a la imagen de Dios según la cual fuimos creados.

Así que cuando hablamos de formación espiritual, esto es lo que se forma: el carácter de Cristo dentro de nuestras vidas. Pablo nos dice cómo es este carácter cuando enumera los resultados de la obra del Espíritu en nosotros: "amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio". (Gálatas 5:22–23).

Compartir el carácter de Cristo no significa renunciar a nuestra individualidad. Dios no está interesado en borrar la personalidad única que creo para usted. En cambio, esa personalidad se encauza hacia las metas de Jesús y está impulsada por sus motivaciones. Ganamos su perspectiva en la vida y la expresamos de nuestra propia forma. Como nos dice Romanos 12:2: "No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta."

Llegar a ser como Cristo es un proceso de transformación. 2 Corintios 3:18 lo dice de esta manera: "…sí, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu."

Al final no serán solo nuestras mentes y corazones los que quedarán transformados a la imagen de Cristo, sino también nuestros cuerpos. En esta vida nuestros cuerpos no siempre cooperan con nuestro deseo de vivir como Jesús. Envejecemos, nuestras capacidades están limitadas y nuestros apetitos nos llevan a la tentación. Pero como dice Juan: "Queridos amigos, ya somos hijos de Dios, pero él todavía no nos ha mostrado lo que seremos cuando Cristo venga. Pero sí sabemos que seremos como él, porque lo veremos tal como él es" (1 Juan 3:2.) Nuestras capacidades externas se corresponderán con nuestros deseos internos y la imagen de Cristo en nosotros estará completa.

Este artículo es una adaptación de "Being Conformed to Christ's Image" de J. I. Packer, en Practical Christianity, editado por LaVonne Neff, Ron Beers, et al (Tyndale House, Wheaton, IL, 1987).

"De todo corazón recomiendo la Nueva Traducción Viviente porque transmite las ideas de la Biblia de una manera sencilla y clara."

Luis Palau

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